Victoria: ¿tierra de OVNIs?

Una localidad de Argentina es recurrentemente visitada por extraños objetos. A ciento doce kilómetros de la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos, y a trescientos ochenta de la ciudad de Buenos Aires, entre siete colinas y recostada sobre los meandros que el río Paraná forma en la zona, se levanta la ciudad de Victoria, que con sus veinte mil habitantes, su internacionalmente famoso monasterio de monjes benedictinos (dueños de una línea de producción de afamados licores, dulces y productos dietéticos y naturistas consumidos en todo el país) y sus cotos de caza menor y pesca, celebraba sus doscientos dieciocho sospechados años de existencia cuando un alud de sucesos –si reales o imaginarios, ya veremos después– le dio una trascendencia periodística inesperada: aislados vecinos primero y grupos organizados ad hoc después fueron testigos de una verdadera oleada de apariciones OVNI, abducciones, mutilaciones de ganado, visitantes de dormitorio y pseudoconspiraciones militares.

 

El comienzo de la trama

El 24 de junio de 1991 (que casualidad: 24 de junio, igual que la observación de Kenneth Arnold que dio origen al “nacimiento” de la historia contemporánea de los OVNIs, 24 de junio, noche de San Juan Bautista, en que las leyendas milenarias dicen noche en que los espíritus vagan libres sobre la hez de la tierra”) un periodista de radio y televisión local llamado Ramón Pereyra y el camarógrafo Héctor Frutos (del canal 4 de esa localidad) fueron llamados urgentemente desde la estancia “La Pepita”, ubicada a diez kilómetros al sur de la ciudad y propiedad de la familia Basaldúa. Fue precisamente su propietaria, la señora Gonçalves de Basaldúa, la que desde hacía varias noches, descansando en compañía de su empleada Irma sentadas en la galería de acceso a la vivienda, venían observando extrañas luces rojas evolucionando a baja altura sobre la Laguna del Pescado. Ellas mismas comenzaron a bromear entre sí respecto del ovni de las 9 (todas las observaciones se realizaban alrededor de las 21 horas) pero curiosas por no poder encontrarles una explicación convencional (la frecuencia horaria les hizo en principio pensar en un vuelo comercial) decidieron llamar al periodista, por cierto muy popular en la zona, para participarle la inquietud.

Así fue que esa noche, pasadas las veinte horas, ambos profesionales se ubicaron en la amplia explanada que da frente a la vivienda, ignorantes no sólo del episodio que estaban a punto de protagonizar, sino asimismo de la saga que ello desencadenaría. Y fue cuarenta y cinco minutos más tarde, cuando una brillante luz roja proveniente del norte se dirigió hacia los testigos, se detuvo algunos segundos sobre la vertical de la laguna y luego salió disparado hacia el oeste, en dirección a la gran ciudad de Rosario, ubicada sobre la otra margen del ancho Paraná y sus islas, tal como tantas noches antes lo había hecho. Sólo que esta vez había una diferencia. Una cámara de video funcionando.

Y fue una pequeña gran diferencia, por cierto. Porque la cinta, puesta en circulación por ese modesto canal de cable de provincia, llegó a la gerencia de noticias de uno de los más importantes canales de televisión abierta de Buenos Aires, el oficial ATC (Argentina Televisora Color).

De allí fue levantado por las agencias periodísticas extranjeras interesadas en la novedad y rápidamente difundida en todo el mundo. Ciertamente, la pequeña ciudad de Victoria acababa de salir del anonimato.

La difusión desmesurada –cuanto menos a nivel nacional y durante los cuatro meses siguientes– revirtió sobre la gente de esa población con una violencia psicológica inusitada; aún hoy, casi nueve años después, sigue resultando difícil, muy difícil, desbrozar la paja del trigo, comprender en su verdadera dimensión el fenómeno físico y la tempestad sociológica que se abatió sobre el lugar. Aún hoy, muchos lugareños siguen relatando observaciones de OVNIs, cada vez más difusas, cada vez más protagonizadas por testigos inhallables, cada vez más folklóricas. Aún hoy, el cerro La Matanza, el punto más alto de los alrededores y mirador obligado de los cazaovnis de fin de semana, registra, todas las noches, el aparcamiento de automóviles con bulliciosos grupos familiares o meciéndose bajo el arrumaco de enamorados quizás aburridos de que nada interesante aparezca en los cielos. Aún hoy, los mercaderes de ilusiones ajenas encuentran en Victoria terreno propicio para sus negocios o sus delirios. Pero quizás aún hoy en Victoria siga pasando algo.

A partir del testimonio de Frutos y Pereyra, ocurre una estampida de observaciones de OVNIs o, debería decir mejor, testimonio de observaciones, porque sé que desde mucho tiempo antes hubo avistamientos no denunciados por temor de los testigos a ser considerados los locos de los platos voladores. Ciertamente, esto es bastante corriente. Cuando se recibe información sobre apariciones de OVNIs en otras partes del mundo, parecería que ese sólo hecho trae un matiz de seriedad y credibilidad. Pero si la información se origina aquí, en el patio trasero de nuestra casa o la aporta un vecino, se tiene prestamente a la boca algún comentario irónico, del tipo “qué va a ver OVNIs ése, si yo lo conozco de siempre y vive aquí a la vuelta”. Pareciera que los casos locales perdieran crédito frente a la contundencia de testimonios provenientes del exterior.

Conozco de cerca dos ejemplos que ilustran tal actitud. En la ciudad de Paraná vive una contactada, la señora Irma Medina de López. Desde hace numerosos años sostiene públicamente tener contacto, visual y telepático, con bondadosos extraterrestres que le comunican mensajes de fraternidad cósmica. Incluso, ha escrito y publicado un libro (que, si la memoria no me falla, se titula “Mis contactos con los hermanos del cosmos) donde relata cronológicamente y de manera harto puntillosa todos sus encuentros. Pues bien, aún no siendo éste el espacio para debatir la credibilidad de tales sucesos, el hecho periodístico es la indiferencia con que el público local –hablo del segmento de público interesado en estos temas– ha acogido tanto sus declaraciones como su esfuerzo editorial. El mismo público que ante la visita del contactado Giorgio Bongiovanni o el metafísico-escritor-contactado Pedro Romaniuk se agolpó trémulo para compartir una conferencia o debate.

Otro ejemplo lo tenemos en la propia ciudad de Victoria, donde cierto joven, cuyo nombre reservo, invita a quien quiera escucharle a “ver fititos”. En Argentina llamamos “fititos” a un pequeño automóvil, el Fiat 600, y el apodo que aplica a pequeños OVNIs que, según él, periódicamente aparecen en cierto lugar a cierta hora, es por dimensión y aspecto esférico. Así que, si usted visita Victoria y localiza a este personaje, parte del folklore local, tiene ocasión, sin costo alguno (no cobra nada por hacer de cicerone) de alimentarse con la ilusión de ver algo. Y si no lo consigue, quizás la próxima vez. Simultáneamente, en Buenos Aires y Rosario avispadas agencias de turismo, con muy buena publicidad, organizan excursiones a esta ciudad entrerriana, un tanto onerosas, con la promesa de ver OVNIs. Nuestro guía local raramente encuentra algún interesado en acompañarlo; las excursiones foráneas llegan llenas.

Estuve en ya incontables oportunidades en Victoria. Pasé allí desde unas pocas horas hasta una semana seguida. Y tuve una observación de un objeto volador no identificado, durante cincuenta y nueve minutos –un tiempo exageradamente largo- el sábado 24 de agosto de 1991 junto a una decena de otros investigadores. De toda esa experiencia acumulada en el terreno devienen estas conclusiones provisorias.

Siempre comento que solamente un veinte por ciento de observaciones corresponden a episodios reales. Tenemos un diez por ciento en el ambiguo, dudoso límite de la categoría de “datos insuficientes”, ya sea porque la observación fue demasiado fugaz, muy distante del testigo o el mismo no aportó los datos suficientes como para una evaluación eficaz. Pero un setenta por ciento de los casos que se mencionan en la prensa pueden repartirse en dos categorías: el fraude, la mentira; y la confusión.

Pero permítaseme hacer una digresión con respecto a lo que llamamos “datos insuficientes”. Esta fue una categoría originalmente creada por los investigadores oficiales del norteamericano Proyecto Libro Azul, división de la Fuerza Aérea de ese país que entre 1953 y 1968 se dedicó –o dijo dedicarse– a la investigación OVNI. La última e irónica frase no indica prejuzgamiento; cuando uno analiza la metodología y las conclusiones del Proyecto… tiene la incómoda sensación de que se trató más de una oficina burocrática para ocultar otra cosa” (quizás una estructura secreta, como el cacareado Majestic 12) que un noble grupo de contraídos analistas. A fin de cuentas, yo no puedo dejar pasar por alto que, en la jerga de la inteligencia norteamericana, los proyectos de investigación secretos son codificados en un solo nombre, como el “Proyecto Manhatan”, que culminó en la creación de la primera bomba atómica, o los proyectos Sign y Grudge, las primeras divisiones de investigación OVNI que sí se movían bajo el manto del secreto, mientras que todo nombre en código de dos términos es sólo una formalidad administrativa o empíricamente sin áreas reservadas a la inteligencia militar. A propósito, y a riesgo de seguir perdiéndome por las ramas en vez de continuar ascendiendo por el tronco del árbol, no dejaré de señalar que el Project Sign (“Signo”) concluyó con la afirmación de que los OVNIs eran, “evidentemente”, alguna clase de tecnología extraterrestre, afirmación indudablemente peligrosa para algunos altos jerarcas militares que tras cartón crearon el Project Grudge, el cual, en menos de un año y medio, “concluyó” que los OVNIs no tenían interés militar, no eran extraterrestres, no encerraban ningún interés para la ciencia y sus defensores estaban un tanto locos. Dieciocho meses antes, el mismo nivel de oficiales investigadores, con el mismo material, la misma tecnología y la misma libertad de moverse por el mundo sin límites de gastos había concluido algo muy distinto. Después de todo, quizás no es por casualidad que este segundo proyecto, una clara excusa para controlar la información y las repercusiones que la difusión del primero podría haber tenido, se llamara como se llamó. En inglés, “grudge” significa “rencor”.

¿Pero, de qué estábamos hablando?. Ah, sí, de la categoría “datos insuficientes”. En la misma, empleada como expliqué por primera vez por los oficiales norteamericanos, se incluían obviamente todos los testimonios sobre los cuales no podía emitirse un juicio de valor absoluto por carecer, precisamente, de datos suficientes. No era entonces una categoría de desvalorización, sino de exclusión de las conclusiones; sus contenidos tanto podían ser –como no– OVNIs. Y en años recientes, he observado que algunos analistas “de escritorio” de mi país usan, en sus densos tratados, esta categoría para aglutinar testimonios que dejan entonces un margen muy estrecho, casi nulo, para los “no identificados”. Concluir entonces, como hacen los mismos, que “esos casos serían seguramente explicados de tener datos suficientes”, es una apreciación apriorística y poco científica, ya que concluir eso es pre-suponer, no demostrar, y con el mismo criterio, podríamos afirmar lo contrario y engrosar con ellos la categoría de los “reales no identificados”. Es decir, mi mención de esa categoría en los sucesos de Victoria es simplemente para señalar una franja de “ambigüedad descriptiva”, aunque sospecho que bien podrían engrosar la estadística de los “no identificados”.

En Victoria hubo muchas mentiras, ciertamente, pero también muchos casos investigados, lo que permite que a cada paso se presenten pistas confiables, como que durante estos años el fenómeno desapareció a fines de noviembre de cada año, manifestando el comportamiento cíclico que se denomina oleada.

De hecho, la palabra “oleada” define un ciclo de apariciones de OVNIs de dos años y medio. Esto significa que transcurrido este plazo algún continente del mundo puede verse barrido por reiteradas y masivas apariciones. Lo que aún no se ha podido predecir es la eventual localización geográfica. Tenemos la ubicación temporal, pero no podemos precisar en qué parte del planeta ocurrirá. A caballito de la “oleada” se produce lo que los ovnílogos denominamos un “flap”, esto es, una oleada muy local, en una región muy específica, a veces un departamento provincial, cada dieciocho meses.

Ya a comienzos del año 1991, sabíamos que entre fines de junio y fines de julio habría de producirse en algún lugar de Argentina –mediante un sistema que describiré en otra oportunidad– un flap; no podíamos determinar el lugar con exactitud, pero la certeza del calendario era casi indubitable, de hecho, yo mismo lo anticipé en un masivo programa radial que tenía en ese momento. Y allí estuvo: a fines de julio de 1991, en la ciudad de Victoria. Pero ocurrió algo curioso: el “flap” jamás dura más de cuatro o cinco semanas y recién en noviembre de ese año dejaron de producirse casos de OVNIs. Si bien su duración era superior a lo normal, su cesación le daba, aunque parezca paradójico, credibilidad al asunto. Pero ocurrió que en ese tiempo alguna gente hizo, en Victoria, buen dinero con “el asunto de los OVNIs”: dueños de hoteles y restaurantes, sin ir más lejos, que recibían contingentes de Rosario, de Córdoba, de Buenos Aires y masivas oleadas, no de extraterrestres pero sí de variopintos turistas provenientes de los lugares más insólitos. Pronto se hicieron habitués de la localidad aquellos que buscaban la oportunidad de entrar en contacto con sus hermanos del cosmos. Recuerden lo que había ocurrido años antes en la estancia La Aurora, en Uruguay, cuando se “charteaban innumerables ómnibus con curiosos y varias agencias de turismo hicieron buenos dividendos enviando enfermos a curar sus dolencias en la “tierra energetizada” de La Aurora (?). Algo parecido ocurrió en Victoria. Cuando el fenómeno cesó, alguien inventó casos, alguien organizó una conferencia con un conocido actor y ovnílogo hablando sobre sus “investigaciones en Victoria” (investigaciones muy profundas: había llegado por primera vez esa misma mañana), alguien, que reemplazó los safaris de caza y pesca en sus lanchas por cazadores de ovnis, organizó un gélido paseo nocturno para periodistas, alguien envió cables falsos a las agencias noticiosas, alguien se encargó de hacer señales con luces desde las islas para seguir retroalimentando el negocio. De todas maneras, continuó eclipsándose.

Es aleccionador recordar un caso en particular. En diciembre de 1991, el periódico “El Heraldo” de la también entrerriana ciudad de Concordia, publicó en primera página una fotografía de unos extraños trozos de metal sobre un mantel de cocina, bajo el título de “Estalló un OVNI en Victoria”. La nota comentaba que en una estancia de las afueras de la ciudad (que no sería la estancia “La Pepita”) había estallado un plato volador. Que habían aparecido otros tres OVNIs, aterrizado aparentemente para llevarse los restos y luego perdido en el horizonte. Así que rastreé la información y descubrí algo sumamente sugestivo. La foto no era un truco. Mostraba los restos de un objeto volador, sí, sólo que identificado. Un año y medio antes, sobre el sur de Entre Ríos, habían caído los restos desintegrados de un laboratorio espacial ruso y esto fue en su momento primera página de todos los diarios del país. Los pedazos metálicos que se mostraban en la foto provenían de la ciudad de Victoria, pero de la caída de este ingenio espacial y terrestre. Lo que hizo un pícaro redactor del periódico fue rescatar una fotografía ya olvidada (“nada hay tan viejo como un diario del día anterior”) inventar una información dándole una pretendida identidad ovnilógica y volver a concitar por un corto período la atención de los grandes medios periodísticos.

Para conocer la realidad de los OVNIs lo primero que se impone es tener ideas claras; si se trata de escuchar casos de platos voladores disponemos de miles de libros y artículos en las revistas que pululan por ahí, pero lo que la gente necesita es tratar de poner un poco en orden algunos conceptos, lo que uno tiene que creer o esperar sobre este tema. Esto se relaciona con la cuestión de las cunfusiones; siempre sostengo que ante la aparición de un OVNI un testigo tiene que considerar que no es él mismo un buen juez para determinar qué es lo que vio. Convencerse y convencer de que se ha observado una nave extraterrestre es un paso demasiado grande para el pantalón de cualquiera, ya que si bien es cierto que un buen número de naves extraterrestres visitan periódicamente nuestro planeta, también es cierto que apenas un pequeñísimo porcentaje de la totalidad de las cosas que la gente ve en el cielo corresponden a estas naves. El público no está mayoritariamente entrenado para identificar lo que, generalmente en fugaces y sorpresivas condiciones y bajo la exaltación emocional ve, o cree ver, en el cielo. De hecho, estoy seguro de que un enorme porcentaje de los lectores que están leyendo estas líneas no sabe distinguir un OVNI verdadero (lo cual me obligaría a preguntarles: ¿Qué es un “verdadero OVNI?”) de un globo sonda, un avión experimental o una inversión de temperatura. Después de todo, la palabra OVNI define lo que no es, antes de lo que es.

Las mutilaciones de ganado.

La saga platillista de Victoria no estaría completa si durante los meses de mayo de 1992 a setiembre de 1993 no se hubiera presentado una de las aristas más inquietantes y controversiales del fenómeno OVNI: las mutilaciones de ganado. Sentados antecedentes en Estados Unidos, Centroamérica, Europa y Asia desde unos treinta años atrás, vienen haciendo hincapié en la aparición de bovinos, equinos u ovinos muertos en las por demás extrañas circunstancias; con algunos órganos extraídos diríamos que quirúrgicamente, y todas las evidencias de haber sido sometidos a necropsias inteligentes. Entre las teorías “racionalistas” (que no racionales) para explicar un fenómeno que no sólo tenía preocupados a los  granjeros sino también a los ovnílogos –ya que la mayoría de tales situaciones acaecía geográfica y temporalmente superpuestas a apariciones de OVNIs– se acudió a las más peregrinas hipótesis, desde el ataque de ignotos depredadores –suposición errada ya que la totalidad de las extirpaciones están hechas con instrumentos altamente cortantes y con precisos conocimientos de anatomía animal– hasta la de grupos satanistas que realizaban esotéricos rituales, lo que fue descartado luego de que las investigaciones policiales no sólo no hallaron pista alguna que sustentara esta teoría sino cuando también fallaron todas las emboscadas para atrapar a los presuntos ladrones.

Aún más extraño: bajo la vigilancia detectivesca, aparecieron muchos casos, con las primeras luces del alba, de animales mutilados sin que en las horas precedentes los celosos sabuesos hubieran detectado ningún tipo de actividad.

Algo de este último tenor ocurrió en Victoria durante ese lapso señalado. Durante mi ya citada observación de agosto de 1991, a un centenar de metros de donde nos hallábamos apostados pacía, tranquilamente, una veintena de vacas. Las habíamos visto casi a distancia de un brazo la tarde anterior, y la zona donde se encontraban, suavemente ondulada, de duros pastos cortos y matorrales achaparrados, la habíamos recorrido hasta el cansancio. La mañana siguiente a la observación –aún cuando la misma, vista desde ese punto, parecía acaecer a centenares de metros, del otro lado de la laguna– fue acompañada por la aparición, cerca de nuestro campamento base, de la vaca muerta que ilustra una de las fotografías adjuntas. Varios hechos llamaron poderosamente la atención: en primer lugar, no había signos de violencia mortal en su cuerpo –y ningún animal parecía un día antes particularmente enfermo, hecho corroborado después por la propietaria del campo, la señora Basaldúa, quien se mostró muy extrañada por esa inopinada muerte– luego, parte del intestino había sido extraído por el ano (asomaba una significativa porción por el mismo). Finalmente, hallamos a su alrededor extrañísimas marcas en el terreno, que merecen un apartado por sí mismas.

Las huellas

 Eran de tres tipos:

a)      Las “picaduras”: Las llamamos así a falta de mejor definición, ya que un área de veinte por veinte metros, a unos cincuenta de donde hallamos el animal muerto, presentaba el terreno horadado en toda esa extensión por perforaciones troncocónicas (ver foto) en cantidad superior al centenar, de unos cuatro centímetros de profundidad promedio. Huelga decir que se agotaron las explicaciones convencionales (insectos, por ejemplo) y es interesante señalar que dos peones de la estancia, con más de diez años de antigüedad en el oficio y baqueanos del lugar, se mostraron notablemente perplejos cuando se las señalamos.

b)      El trípode: Muy cerca del animal muerto –diez metros– se halló este aparente asentamiento triangular, con hoyos perfectamente cilíndricos de diez centímetros de profundidad. Tal vez sea interesante señalar que, pese a la humedad de la huella reciente –cuarenta y ocho horas antes– el suelo está consolidado por una gramilla entretejida de raíces particularmente resistentes, al punto que para cavar debe necesariamente usarse palas de borde afilado. Comparativamente, mis casi noventa kilos de peso, saltando junto a las huellas hasta un metro de altura y cayendo con fuerza, no dejaron más que huellas de un centímetro de profundidad y un investigador –yo– notoriamente cansado. No se observaba, con lupa, en la periferia de los hoyos desprendimiento o acumulación desperdigada de tierra que hiciera suponer que fue extraída con un “sacabocados” u objeto similar.

c)      Los pentáculos: Conformando un gran triángulo isósceles de treinta metros de lado menor por cuarenta los mayores, uno de cuyos laterales interseccionaba la ubicación del animal muerto, se presentaban tres huellas con  forma de estrella o pentáculo (foto) de donde el nombre. Sus medidas aproximadas eran de treinta centímetros en las diagonales y veinte de profundidad.

Posteriormente, tomando en cuenta estos fenómenos, extendimos nuestro relevo a toda la superficie de la estancia “La Pepita” e inclusive a campos lindantes. No hallamos en esta ocasión otras huellas, pero sí numerosos animales muertos, algunos con semanas de antigüedad. Los veterinarios que consultamos desconocían cualquier tipo de enfermedad epidémica que en esos días se estuviera contagiando el ganado y, de hecho, todos los animales que vimos –por lo menos en los casos en que los cadáveres, aún en avanzado estado de descomposición, permitían observar algunos detalles interesantes respetados por las aves carroñeras y otras alimañanas– me llamó la atención la destrucción del ano y, en una de ellas, dos profundos cortes en la garganta. Uno de los animales –un ternero– se encontraba con el cuello roto. Presuponiendo que podría tratarse de un caso de abigeato –robo de ganado– y que el animal se hubiera quebrado al intentar escapar de sus captores, busqué otras huellas: marcas de neumáticos, cocear de caballos o el clásico “rodeo”, esto es, un círculo muy visible de pastos aplastados y tierra removida que genera el cuatrero al enlazar al animal y correr o galopar a su alrededor para enredarle las patas y hacerle caer, o que hace el mismo animal al tratar de escapar y rotar alrededor del centro que forma el hombre que sostiene la cuerda. Nada de ello había; todo estaba en orden, prolijo, dándome más la impresión de que el desgraciado ternero aparentaba haberse caído desde cierta altura.

Existe un punto final sobre el que corren insistentes rumores en Victoria: los “visitantes de dormitorio”. Emparentado o no este asunto con el de las abducciones, escuché confidencias informales de gente que sabía de terceros, familiares o amigos, que vivían aterrados por espeluznantes apariciones fantasmagóricas ocurridas en algún momento en la soledad nocturna de sus dormitorios. En ningún caso pude alcanzar la fuente original de la especie; y no porque se tratase sólo de un folklórico rumor que rizando el rizo me hiciese regresar siempre al punto de partida, sino lisa y llanamente porque los intermediarios (con los protagonistas) me acercaban invariablemente la misma respuesta a mis inquietudes inquisitivas: nadie quería dar la cara, nadie quería hablar.

El perfil de la gente de Victoria es muy especial, quizás común a toda la provincia de Entre Ríos; si a un conocido le ocurrió algo “extraño”… bueno, seguramente es una mentira o estaba pasado de copas. Es como si la cotidianeidad, la familiaridad no pudiera ser ajena a una cierta dosis de descrédito. De modo tal que en esa ciudad coexisten dos criterios: el de los que nunca vieron nada (y, por consecuencia, en nada creen) y el de quienes fueron testigos o protagonistas de los sucesos, y ya están cansados de las bromas de sus coetáneos o de las invasiones turísticas de apasionados ovnílogos.

Se hace difícil, casi imposible hoy por hoy, discernir claramente si algo sigue pasando en Victoria –pese a que en 1994 fui testigo tardío de un avistaje que relataré después– o en buena medida es la inercia del rumor, la necesidad imperiosa, tras haber salido del anonimato (la mayor parte de los argentinos no tenían hasta entonces la menor idea respecto de dónde quedaba Victoria en el mapa) de no perder la popularidad o la sensación de sentirse parte de algo trascendente, lo que sigue alimentando la leyenda. O, tal vez y definitivamente, Victoria sí sea, después de todo, una ventana permanentemente abierta a dimensiones paralelas. Creo que la explotación mercantilista que algunos colegas asociados con mercachifles locales hicieron en el pasado del tema es, en principio, lo que malquistó a los pobladores respecto de brindar mayor información al investigador serio que llega de afuera. Sin ir más lejos, recuerdo cuando un próspero guía turístico invitó a un “viaje de investigación” a un nutrido grupo de periodistas y estudiosos –entre los que nos encontrábamos– y ese viaje, en vez de estar caracterizado por una  rutina de observación y reflexión, se transformó en un tour rocambolesco donde quienes tratábamos de hacer las cosas con algo de seriedad nos agrupábamos en la cubierta superior de la enorme lancha de pasajeros tiritando de frío, mientras en la oscura cubierta inferior se descorchaban algunas botellas y pululaban las risitas sofocadas… Al día siguiente, la prensa local hablaba del grupo de científicos que realizaba profundos estudios en la zona. Creo que fue ese tratamiento irrespetuoso y vilmente mercantil del fenómeno lo que asustaba con el ridículo a los honestos testigos y alejaba a los más bieintencionados investigadores. Todo ello sin hablar del aluvión de místicos y  gurúes, dispuestos a revelar los mensajes con “hermanos del cosmos que ponían al alcance –previo desprendimiento de algo del vil metal– de quienes asistieran a sus reuniones.

Y este “síndrome del gurú puede comprenderse razonablemente acentuado por la particular predisposición interactiva que demuestra la inteligencia –cuya fuente sigo ignorando– tras el fenómeno OVNI en Victoria. Es común que ante una de las apariciones ante masivos testigos en el ya citado cerro La Matanza o la avenida costanera de la ciudad, entusiastas automovilistas comenzaran a hacer señales con las luces delanteras de sus automóviles, y el o los objetos respondieran con cambios de trayectoria, intensidad lumínica o variedad cromática. Yo mismo fui testigo de uno de esos casos, cuando en noviembre de 1994, junto con alumnos de nuestro Centro de Armonización Integral, mi esposa  y yo realizamos una “noche de observación”, precisamente en el cerro ya citado. Mi gente se había distribuido por distintos puntos a nuestro alrededor, para apostarse cómodamente a la espera de ver algo, mientras Claudia y yo permanecíamos sentados al pie de la gran cruz de material que domina panorámicamente el lugar. En un momento, suavemente, mi mujer me pregunta: “¿qué es eso?” y al levantar yo la cabeza con una velocidad que me puso al borde del desnucamiento, observo, simplemente, un punto luminoso celeste que con movimiento rectilíneo y uniforme se desplazaba entre miríadas de estrellas con rumbo Sur-Norte. Un satélite, seguro. Así se lo explico doctamente a mi esposa, mientras ambos seguíamos mirando hacia arriba y los colaboradores más cercanos se aproximaban devotamente para escuchar mi sapientísima conferencia magistral, que incluía conceptos como órbitas geoestacionarias”, “índices de albedo reflector de cuerpos satelitales”, y “mapeo infrarrojo de la superficie terrestre”, cuando el maldito “satélite”, que mansamente atravesaba el cielo, al llegar a la exacta vertical del punto donde estábamos nosotros… se detuvo, y así se quedó por más de dos horas hasta que nos fuimos. Es interesante señalar que al paso del tiempo, aunque las estrellas fijas rotaban su posición, el OVNI seguía allí, y de eso estoy seguro por el largo tiempo que permanecí observándolo, más que por afán investigativo,  en realidad para evitar la sonrisa irónica con que estaba seguro mi mujer me obsequiaría en silencio. Debo admitir que, durante la madrugada siguiente, me persiguió la incómoda certeza de que eso, fuera lo que fuese, supo darme una clase de humildad.

Esta es la situación hasta hoy. Mientras tanto, todas las noches, parejas que encontraban una romántica excusa, curiosos visitantes de paso y algún nostálgico de sus quince minutos de fama, quizás aun con la incertidumbre dibujada en los rostros, estacionan sus automóviles en el mítico cerro, se pasean disimuladamente por la bonita avenida costanera o se acercan subrepticiamente a la Laguna del Pescado, la vista en alto, los ojos muy abiertos, preguntándose si, tal vez, hoy todo volverá a comenzar. Y mientras tanto, la ciudad duerme, tratando de aparentar una bonhomía provinciana que ya nunca volverá a ser la misma.

  Tres Miembros del equipo señalan los límites del triángulo de asentamiento

victoria1Huella en forma de “pentáculo”

 victoria42Ternero muerto en las extrañas circunstancias descriptas en el artículo

victoria3“Picaduras”

victoria4Triángulo menor de asentamiento

victoria5Hongos hallados y tamaño comparativo

victoria6

Otro de los tantos animales hallados muertos en circunstancias anómalas, cuya totalidad gráfica no incluímos aquí en respeto del espacio disponible para el ciberlector.

victoria7

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